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jueves, 3 de julio de 2014

LA MANO Y LA PESTE


“Estoy cansada, muy cansada”, dijo Patricia en un susurro. “Necesito agua” Trató de quitar la sábana que le cubría el cuerpo pero no pudo en el primer intento; su mano derecha no respondía, su brazo se negaba a obedecer las órdenes que el cerebro, obnubilado, intentaba impartir. Luchó pero el brazo estaba inerte, a un costado de su cuerpo, pegado a su cadera como si temiera desprenderse del todo que conformaba su organismo. Le dolía el pliegue que separaba el brazo del antebrazo. Probó una vez más, ésta vez con el brazo izquierdo y lo consiguió. Retiró la sábana y sintió el estremecimiento.
 “Tranquila, Patricia, no hables”
 ¿De dónde provenía esa voz? Una voz lejana pero tan cerca que podía percibir el aliento tibio en su oreja.
Tenía que levantarse, tenía que ir al hospital, tenía que ver a los niños, estaban muy enfermos. Se había quedado dormida. Era lógico, llevaban más de cuarenta días luchando contra la peste que, empecinada en demostrar su poder, cobraba cada día, una nueva víctima. Muchas horas sin comer, sin dormir, sin salir del hospital. No tenía que haberse ido a casa pero recordó que la tensión de sus músculos, el dolor de cabeza, los huesos que se sentían como apaleados, y el frío…sobre todo el frío que no la dejaba en paz. Tenía que ir a casa, buscar la bufanda, los guantes, el gorro de lana. No era adecuado, pero el frío…No podía soportarlo.
“¿Por qué no ponen la calefacción? ¿Es que no piensan en los chicos? Tienen que ser más caritativos” Ella que estaba sana tenía frío, los pequeños lo sentirían con mayor intensidad.
 Fue entonces que se recostó en la cama matrimonial que le parecía tan pequeña, tal vez porque hacía mucho que no reposaba en ella.
La nuca cobró vida elevándose mientras la mano le acercaba un vaso de agua a la boca. A duras penas pudo tragar un sorbo. Cada gota de agua le sabía a granitos de arena raspando su garganta. Quería beber más pero no podía. El vómito subía y ella se esforzaba por no dejarlo salir. La mano retiró el vaso de su boca y limpió la comisura de los labios por la que el agua, viscosa, nauseabunda, se filtraba dejándole la sequedad como aliada de su lengua entumecida…y el sabor agrio, repugnante.
La mano…no era su mano “¿De quién es la mano?”
Tenía que volver al hospital. Tenía que bañarse, cambiarse de ropa, lavarse el cabello que su mano izquierda acarició apreciando la grasa acumulada durante los días en que el tiempo faltaba para ocuparse de uno mismo.
“¿Cómo pude abandonarme tanto?” La peste, era eso, la peste no la dejaba salir del hospital. Los chiquitos caían como moscas aplastadas por la mano gigante, la mano de la peste. La peste los había atrapado. Unos tras otros caían sin cesar. No alcanzaban los médicos ni las enfermeras, los suministros se agotaban, quedaba poco alcohol, escaseaban los pañales, conseguir antifebriles era utópico.
“Gasas, necesitamos más gasas para cubrir las llagas” Secuelas que la peste dejaba en la piel suave de los bebés.
Tenía que levantarse ¡Estaba tan cómoda! Pero tenía que hacerlo; los chicos la necesitaban; el hospital, atiborrado de enfermos, la necesitaba ¡Maldita peste!
“Se está llevando a todos, chicos, jóvenes, viejos, no discrimina edad ni sexo” La peste tenía hambre de humanos.
Recordaba haberse sentado en el banco de la vereda, necesitaba respirar aire puro, desterrar de sus sentidos el olor fétido de la peste; sus ojos enrojecidos y cansados ansiaban ver el sol. Pero el sol no estaba ¿También el sol había caído víctima de la peste? Quería verle el rostro a la peste, gritarle en la cara que los dejara en paz. Pero la peste no se dejaba ver, sólo sentir. Allí residía su poder. Se manifestaba en los cuerpos ulcerados y febriles; en la morgue donde ya no quedaba rincón para amontonar los cadáveres.
No era tan cruel la peste. No se había ensañado con ellos, con los médicos y las enfermeras.
“Sí, es cruel, por supuesto que lo es, pero nos necesita, somos los únicos capaces de hacerle frente y eso le gusta a la peste, triunfa día a día, hora a hora”
Patricia imaginaba una cara de ultratumba, una risa tétrica, una mano cruel y deforme anotando en una pizarra invisible los puntos que sumaba mientras los de ellos, los médicos y las enfermeras, iban en baja.
“No es posible que haya podido con el sol”
Pero el sol no estaba ¿Quién si no la peste? Miró hacia uno y otro lado buscando un ser humano que le explicara qué había sido del sol.
“Hay que encontrarlo ¡busquen al sol!, tiene que calentar las calles solitarias y frías”
Las calles estaban desiertas por el frío…y por la peste. No vio a nadie, ni personas ni autos circulando por las calles. La ciudad estaba triste. Patricia también.
Debía volver al hospital, pero no podía salir de la cama. Las piernas le ardían, estaban débiles.
“Es cansancio, estoy cansada. La peste no se mete con nosotros, los médicos y las enfermeras”
¿Qué sentido tendría? “¿De quién va a burlarse sino de nosotros?”
Ellos, los soldados en la línea de fuego poniendo el pecho. La gente le tenía miedo y se escondía, se encerraban en sus casas, ponían llaves y candados para que la peste no entrara en sus casas; por eso no vio a nadie ese día que se sentó en el banco de la vereda.
Tenía que salir de la cama, bañarse, lavarse el cabello, cambiarse de ropa y volver al campo de batalla. Los niños la estaban aguardando, ella tenía que hacerle frente a la peste, ya le había soportado más de lo permisible, se había llevado a cientos, pero los pocos que quedaban “¡No, a ellos voy a defenderlos, aunque me vaya la vida en ello!”
“Tengo que bañarme, tengo frío pero tengo que bañarme, estoy sucia. Tengo que ver a los nenes”
“Tranquila, Patricia, no hables”
Una vez más la voz lejana pero tan cerca que podía percibir el aliento tibio en su oreja. Y la mano que recorría su cuerpo mojándola con una esponja humedecida, quitándole la mugre, arrancándole la angustia, pero el frío…tenía frío.
 “Tengo frío, mucho frío” La mano cubriéndola con una manta, pero no era su mano “¿De quién es la mano? Tenés que ser fuerte, Patricia, la peste no se mete con nosotros, la peste no se atreve con los médicos ni con las enfermeras, nos necesita para seguir engullendo niños, inflar su ego, jactarse de su triunfo”
¿Y quiénes mejor que ellos, los médicos y las enfermeras? Los bebés no podían defenderse, ya los había atacado y derrumbado en sus cunitas, azotándolos con la fiebre y las llagas que cubrían sus pieles delicadas, suavecitas, mientras sus madres lloraban y rezaban.
“Tengo que ir a ver a los nenes, me necesitan”
“Tranquila, Patricia, no hables” De nuevo la voz lejana pero tan cerca que podía percibir el aliento tibio en su oreja
“¿De quién es la voz?” “Es la peste; ella me paraliza y no me deja salir”
Sabe que es la más idónea, la única que puede pelear por los chiquitos, su única familia. No recordaba haberse ido del hospital. Pero ¿Por qué tuvo que irse? ¿Por qué se permitió la cobardía de abandonarlos a su propia suerte?
 “Los nenes, tengo que verlos, tengo que cuidarlos ¡Dejame en paz!”
- Doctor, está delirando, la fiebre sigue subiendo- la enfermera le sacó el termómetro y le aplicó una inyección- ¿No convendría sedarla más?
- Sí, agregale otro diazepam al suero. Ahora te lo anoto en las indicaciones, uno cada  ocho horas.
- De acuerdo.
Patricia abrió los ojos ¿Dónde estaba? ¿Por qué la medicaban? La realidad la sorprendió como un cachetazo que no se espera.

La peste la había engullido. Lágrimas saladas corrían por sus mejillas y morían en sus labios, lágrimas que ella relamía para calmar la sed.

 JULIO 2011 (El mes de la gripe A")

2 comentarios:

  1. Te ha quedado de maravilla, amiga. Qué bien logrado. Te felicito!

    Besos

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  2. Como apunto al final, este texto lo escribí en julio del 2011, justo cuando se dio a conocer la gripe "A". Todo era una gran locura, nadie sabía nada, las muertes eran cotidianas, las ordenes cambiaban a cada instante, que si debíamos usar barbijo las 24 hs, que ahora no, que no se debía viajar en transportes recargados, que el lavado constante de manos, en fin, una gran psicosis de la que no pudimos escapar los profesionales de la salud. Y así, estando un día de guardia, me sentí ahogada, salí a la calle y creeme, Pichy, no había nadie, era la soledad personificada, me angustié mucho, evidentemente la gente tenía miedo, recordé el libro de Albert Camus, LA PESTE, volví a mi dormitorio y lo escribí. Muchas gracias, querido amigo, siempre atento a mis publicaciones. Besos.

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