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viernes, 20 de noviembre de 2015

LA TRAICIÓN DE JALIL (Cap. 7 "EL ROMANCE DE BENAZIR Y JALIL")




¿Cómo osas requerir mi clemencia, Jalil? ¿Piensas que conservas mi respeto como amo y señor sólo por haberte enfrentado a los demonios en pos de protegerme? No, Jalil, no bastó verte combatir con ellas y someterlas. Ya no eres mi gallardo señor, perdiste el honor ante tan pavorosa revelación.
Mancillaste nuestra alianza y no logro concebirlo. Aunque la razón me conmine a  ello, es el corazón que obstruye el camino del retorno, el mismo corazón que se acongojó cuando el Califa me apartó de ti para encerrarme en esa húmeda y lóbrega mazmorra. Me dices que era el único modo de sobrevivir al espanto del pantano, pues a cambio de perder tu dignidad entregándoles tu cuerpo y tus bríos, cual vasallo semental, ellas te resguardaban de los otros seres oscuros que habitan ocultos tras frondosa vegetación, más yo creo que son falaces tus palabras.
Eres uno más entre tantos profanadores del amor santificado; hombre que no sobrelleva su atormentada soledad y se postra ante agraciadas y sugerentes formas femeniles, cediste al impulso de saciar tu apetito relamiéndote de deleite al percibir su aroma de hembras en celo mientras yo, tu amada, padecía crueles  y horrendas  tribulaciones, sinsabores que sobrellevaba a fuerza de retener en mi memoria tu mirada candorosa cuando me hiciste tuya ¿Supones que el cenagal es más execrable que la prisión en que expié el pecado de haberte amado?
Has de saber que he estado muerta en vida, escoltada por brutales y sanguinarios hombres que mi padre asignó a tal fin, confiriéndoles el poder de hacer conmigo lo que apetecieran. Ya no era el Califa mi padre, ni yo su apreciada princesa. Era aquella que ofendió su alcurnia entre los brazos de un lacayo. Redújome  a la más humillante condición que un ser humano puede alcanzar, pero nada importaba, ni el frío piso en el que descansaba mi osamenta, ni la mísera ración de agua y alimento que una vez al día me traían las sirvientas con una mueca socarrona perfilada en sus resentidos semblantes.
Benazir, la princesa del reino de Granada, futura heredera del Imperio Moro, vivía entre roedores y repugnantes insectos, mugrienta y presa del espanto. Despojo de mujer a quien noche tras noche sus celadores procuraban forzar y someter a sus bajas pasiones a cambio de una dosis más de alimento o un poco de agua fresca, o una manta que  brindara calor.
Expulsada de mis aposentos, ocupado ahora por extrañas, despojada de mi tiara de esmeraldas y diamantes que adornaba mi otrora cabellera de seda y color de oro, símbolo de mi sangre noble, asediada por reyes y príncipes, ocupado mi trono por una doncella con ínfulas de reina que ni tan siquiera formaba parte del cortejo del Palacio, arrebatándome aquello que por derecho propio me fue legado dado mi linaje, me resigné a mi nueva condición de pordiosera, habitante de pestífero y aislado escondrijo que mi padre dispuso por no haberme doblegado a sus mandatos, por no desistir de vos, por negarme a ser desposada por el sucesor del Califato de Córdoba.
Esgrimieron todo tipo de artimañas, empero no lo consiguieron, no lograron someterme.  Juré ante Alá que jamás consentiría que mortal alguno explorara las entrañas que a mi venerado Jalil consagré. Cual animal sitiada por manada de hienas, clavé uñas, mordí carne humana, extirpé cabellos, aullé desquiciada hasta apabullarlos a ellos, los hombres rudos que huyeron, espantados, de la  desheredada demente.
Del amor brotó el arrojo. Sólo pensaba en la suerte que correría mi amado palafrenero. Perdida la noción del tiempo, tras las murallas de piedras Moriscas, cautiverio sin luna ni sol que anunciaran el inicio y el final de cada día, abandonada de la mano del Dios de los cielos, la luz de la esperanza se extinguía junto a mi anhelo de perdurar para recobrarte y vivir a tu lado en esa morada que juntos erigiríamos.
Se vaciaron mis ojos de tanto llorar mis penas; convoqué  a la muerte pero ella no venía a por mí. Dejé de alimentarme, ni siquiera bebía el agua de la indecorosa cuba para calmar la sed, mi cuerpo se debilitó, perdí el encanto que enardeció tu sexo, volvime una andrajosa, pero no se sofocó la noble que, aún en la desdicha, guardaba la dignidad.  Si la muerte no comparecía iría yo en busca de ella.
Tan tenaz fui, que la Dama de Negro escuchó mis ruegos desplegándose ante mi como  alucinación de mi demencia. Me persuadí de que era real cuando me habló de tu desánimo, del pantano, de tu existencia en la penumbra. Hube de convencerla de mi  disposición para  afrontar  lo que fuera, incluso dar mi vida si salvar la tuya pudiera. Sólo así conseguí que me trepara a la barca de Kharonte. Quedaron en el calabozo mis trapos marchitados y mi cuerpo sin vida. Cubierta de fino tul blanco llegué hasta aquí y ahora me dices que concediste tu virilidad a las sensuales féminas del lodazal a cambio de ayuda.
¿Por qué no enmudeciste, Jalil? Hubiera deseado no saberlo, pero lo expusiste y ya no queda un nimio recodo de mi corazón donde pueda acogerte. Ya no puedo, Jalil, no me perteneces, no te pertenezco. Me expulsaste a un lado para salvaguardar tu dinastía demoníaca, renunciaste a tu ángel para atender las apetencias de las hijas del diablo.

No habrá paraíso, no acaecerá un nuevo orden, no pariré tus retoños porque mis entrañas son ajenas a tu esencia. Adiós, Jalil, te dejo con tus féminas de ojos color púrpura, me marcho para siempre al mundo de los que perecen…
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