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martes, 12 de noviembre de 2013

ME VOY P'AL EDÉN

Señores del Olimpo,
Esta sumisa mortal
Os viene a implorar
Que le prestéis atención.

Provengo de un universo
¡Ay, que larga la travesía!
Acullá de vuestro Edén,
Planeta donde impera el caos.

Si vosotros podéis
Prescindir hoy, de él,
Entregaos a vuestro Dios
¡Alguno debéis tener!

El planeta perece,
La congoja nos anega,
Requerimos algún Dios
Y si es guapo, tanto mejor.

Cualquiera nos viene bien
Dada la penosa situación,
No vamos a ponernos exigentes,
Si pueden ser dos, mucho mejor.

Bajadlos de la peana
Allí donde los guardáis,
Permitidles  la caída,
Ya lo hicisteis con Luzbel.

Que expandan  las alas,  
Que planeen sobre esta caterva
De millones de vagonetas
Y les den un buen sacudón.

Debemos recuperar la risa,
Ese júbilo pestilencial,
El humor descabezado,

Porque acá, todo anda muy mal.


¿SOY O ME HAGO?


Hoy es el día“D ¿De qué? Vaya uno a saber…
Sé que estoy sumergida en esta loca carrera de entes ciegos, individuos fundidos en una masa compacta y sin embargo no lo es.
Si uno pudiera subirse al último piso del edificio“Burj Dubai, sería sencillo de comprobar puesto que desde allí podríamos notar que se asemejan más a células en pleno proceso de catabolismo, aunque yo diría que los humanos a los que me refiero, más que catabólicos parecen catatónicos, pero como yo estoy en Buenos Aires, pleno centro de la ciudad, y no en Dubai, sostengo que son una masa compacta moviéndose a una velocidad tal que me marea, me provoca nauseas y politraumatismos leves…gracias a DIOS porque si fueran graves, estaría en una cama de alguna Terapia Intensiva, quizá intubada, coma inducido o, naturalmente, comatosa por los golpes recibidos ¿Y por qué? Pues porque estoy sumergida en esa masa de modo involuntario…creo que en el trajín perdí mi ruta y la voluntad.
No importa, a estas alturas de nada me serviría ya que mis compañeros de itinerario me llevan de aquí para allá y sin embargo no dejo a un lado la esperanza de escapar por algún huequito, aprovechando el desmoronamiento de alguien, lo que haría que los otros se desvíen para no ensuciarse los zapatos con la sangre del caído en acción.
Comprendo raudamente que para ellos, los demoledores de mis huesos y órganos vitales, soy invisible puesto que no he dejado de recibir empujones, codazos y todo tipo de acciones que no calificaré de agresiones sino distracciones.
Pues bien, antes que nada, es preciso aclarar que siempre, en primera instancia, soy de las que piensan bien; pensar mal me llevaría a elucubraciones con la consabida pérdida de tiempo y desgaste de energía.
Entonces digo: estas unidades con extremidades, tórax y cabeza, bípedos, por supuesto, que corren o caminan a paso vertiginoso cual atletas que ansían alcanzar la meta para situarse en lo más alto del podio, transitan como ciegos desesperados, repartiendo bastonazos a diestra y siniestra en busca de…
¿Qué buscarán? En fin, es asunto de ellos, y de personas educadas no entrometerse en asuntos ajenos, al menos es lo que me enseñaron de pequeña y yo, mujer de mandatos digerir, ya en la cincuentena de mi vida, no voy a obviar nada de lo que se me metió en el cerebro, en particular, si lo metido fue a fuerza de cachetazos, pero sólo cuando exponía mi terquedad, no vayan a pensar que fui una niña golpeada; no, no, nadie pega a quien no ve ¿Verdad? Además, si los mandatos provienen de los progenitores, es cosa complicada liberarse de ellos, eso decía Freud…creo…no soy adepta al psicoanálisis, me aburre pensar…
Estoy divagando, sea sincero, no voy a ofenderme, si es la verdad más verdadera de toda mi existencia, un asunto que jamás pude resolver, motivo por el cual me encuentro entre la horda de bestias que me hicieron perder la cognición con tantos bastonazos que me han propinado los ciegos automatizados.
En la calle, en el colectivo, incluso en el pasillo que me conducía a mi destino final, no dejé de ser sometida a empujones, golpes y demás acciones que, de ningún modo he de denominar agresiones porque…
-Pase, por favor- Escucho la voz grave de mi psicoanalista. Me apuro a guardar mi cuaderno de notas y paso al consultorio- Tome asiento.
-¡OH! Sí, por supuesto, muchas gracias, es usted muy amable- Uy, se me activó el chip de los buenos modales y me parece que el Dr. Freud (en realidad se llama Morozov, pero prefiero pensar que es el mismísimo Sigmund en persona) se fastidió un poco. Pobre hombre, también él debe tener sus conflictos y encima tiene que resolver los míos y vaya uno a saber cuántos más le esperan.
Dejando de lado la cortesía con la que me recibió (tal vez le extirparon el chip en la Universidad, o quizá nunca se lo implantaron), me pregunta, esta vez con voz seca:
- ¿Motivo de consulta?
- ¡¿Eh?!- pongo mi habitual cara de tarada.
- ¿QUÉ LA MOTIVÓ A LA CONSULTA?- Uyuyuyyyy, está gritando…
- ¡Ahhhhhhh! Soy invisible.


FIN DE LA CONSULTA


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