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viernes, 6 de febrero de 2015

TIEMPO DE LOS JUEGOS


Somos emergentes de una sociedad que no se supera, sino que supura el líquido viscoso, amargo y espeso que intenta pegotear nuestra humanidad, en el vano intento de condensar nuestra esencia en sus repugnantes humores de una vida mal vivida…mas no lo consiguen, no pueden, no es sencillo hacerlo sin emerger ellos de esa inmundicia que les es propia.
Emergentes somos esos pocos que sobrevivimos sin envilecernos, esos que tomamos la posta de utopías incomprendidas por las amebas que habitan esta tierra, fingiendo ser humanos, suponiendo que en sus masas encefálicas hay una dinámica que llamamos sinapsis pero ¿Qué sinapsis si sólo poseen una neurona?
Emergentes somos, por poetas y orates, pretendemos evadirnos del flagelo, del estigma de ser los mal vistos por no danzar a su ritmo, por no cerrar la boca, por gritar sin gritos, silencios que duelen más que el aullido que los de raciocinio exiguo lanzan al viento y en el más allá se extravían ¿Quién va a escucharlos si cada cual ruge su propio bramido, incomprensibles en la torre de Babel que ellos trajeron del pasado? ¿O nunca la abandonaron? Nuestro mutismo, por el contrario, taladra sus tímpanos cuando clavamos la mirada en sus ojos, miradas piadosas, mirada sin pestañas ni parpadeos, miradas que a ellos le saben a aguijones cuando las fijamos en ellos.
¿Qué hicimos los poetas, los locos, los “mal vistos”, para ser escogidos como  emergentes? Tal vez la palabra, encadenamiento de signos, significados y significantes que movemos sin miedo y con firmeza en el gran tablero de sus huecas existencias. Piezas que parecen livianas pero pesan y sin embargo, nosotros, los poetas, locos mal vistos, las movemos a nuestro antojo, dibujando conjunciones que confunden, esas que indican que el mundo no es como es, que el mundo fue indignamente moldeado por unos pocos malos jugadores, y pese a ellos, hoy se impone cambiarlo por los únicos capaces de hacerlo con la suavidad de una pluma, sin violencia, pues nuestras bombas son sintagmas, nuestros misiles, el teclado. Hemos de cambiarlo, ya que  es eso o pegar el gran salto al vacío sideral.

Nos despertamos una mañana, como todos los mañanas, prestos a iniciar el juego pero… ¡Las fichas fueron robadas! ¿Con qué hemos de jugar, ahora que el tablero está carente de signos? Amigo mío, no desesperes, aún poseemos la razón y el ingenio para crear nuevos signos. Siglos tardarán en comprenderlo y para entonces…el mundo ya habrá cambiado.

Ilustración de Oswaldo Mejía

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